Has tenido suerte
Cuando alguien decide montárselo por su cuenta debería saber que a partir de ese momento las cosas pueden ponerse muy difíciles.
De pronto, emprender parece haberse convertido en una especie de salida estupenda, de panacea milagrosa para muchos profesionales y así nos lo venden. Pero nunca hablan de la soledad de quien inicia una aventura empresarial, de las presiones familiares, de las noches en vela, de las infinitas barreras administrativas o del ninguneo del entorno. Por citar sólo unas cuantas.
Siempre que hablo de Marca Personal suelo poner en primer lugar la importancia de tener objetivos claros. No se trata de una cuestión mágica basada en sandeces como El Secreto por la que vayas a conseguir tu propósito sólo por desearlo. Es una pura cuestión de resistencia. Si no estás convencido de lo que quieres, es muy fácil que te rindas cuando las cosas se tuerzan. Y se torcerán varias veces, creemé.
A medida que empieces a hacer cosas y a desarrollar tu proyecto te dirán muchas cosas negativas. Recibirás críticas, rechazarán tus planteamientos, te dirán que lo que haces ya está inventado o que es demasiado innovador, te mirarán con una sonrisa cínica quienes no entiendan que lo que propones está muy por delante de su comprensión. Pero no pasa nada, eso entra dentro de tu “sueldo”.
Sin embargo, hay un comentario que me saca de mis casillas incluso después de haberlo escuchado en unas cuantas ocasiones o, quizás, precisamente por eso. Supongo que mi mosqueo sólo es comprensible por quienes hayan pasado por esta travesía del desierto que supone emprender y que seguramente habrán escuchado el maldito comentario:
Pero es que tu has tenido mucha suerte
En el momento en que alguien, que normalmente acaba de conocerme, se considera capacitado para juzgar mi trabajo (o el de cualquier otro emprendedor) y decidir que nuestro pequeño o gran éxito se debe a una concatenación de “accidentes positivos” me gustaría poder hacer como en algunas películas americanas en las que, en plan videoclip, en unos pocos segundos puede verse todo el proceso y el sufrimiento de sacar adelante una idea.
Supongo que esas mismas personas son las que, si las cosas te van minimamente mal, te van a recordar que en su momento alguien debió decirte que enviases tu Curriculum o que preparases unas oposiciones.
No sé si ocurrirá en otros países, pero me da la sensación de que aquí se considera la suerte como un elemento tan importante o más que el tiempo, el dinero o la inteligencia. Supongo que por eso funcionan tan bien las infinitas loterías que tenemos a nuestra disposición. Y si las cosas empiezan a funcionar siempre saldrá algún listillo que dirá que ha sido gracias a la suerte (o a una familia rica o a “venderte” a alguien).
Pero la suerte hay que ganársela.
Quizás esa tendencia a considerar que las cosas dependen de la suerte o de Dios o de algo o alguien ajeno a tí es lo que nos mantiene siempre por detrás de otros países. Parece que es inutil lo que hagamos, que no merece la pena intentar nada porque puede que la (mala) suerte destroce nuestro proyecto y si funciona será gracias a la (buena) suerte.
Hay un elemento común en quienes me han dicho que “he tenido suerte” y es que suelen ser creyentes en todas esas chorradas relacionadas con la ley de la atracción y similares que no son más que otro tipo de religión que sustituyen las divinidades por “el universo”, “la energía” o alguna sandez seudocientífica. Y es lógico que haya tantos aficionados a los fenómenos para anormales. ¿No es más cómodo dejar tu vida en manos del azar o de la fuerza de la mente (cuanto daño ha hecho George Lucas…) en lugar de currártelo y gestionarlo adecuadamente?
Sé que si sigo luchando, es probable, sólo probable que siga consiguiendo cosas. Y cuando eso suceda habrá gente que me dirá que “he tenido suerte”. Pero a partir de ahora consideraré esa frase como otro indicador más de que me acerco a mi objetivo.
Dicen que los emprendedores podemos ser arrogantes y estúpidos, pero supongo que es una defensa frente a quienes nos juzgan sin saber.










¡Buenos días, Andrés!
Yo soy católico, creyente, practicante y una de las creencias más arraigadas que tengo es que en la vida hay que trabajar muy duro, mucho muy duro para lograr las cosas que uno se propone, y que – una vez que has hecho esto – entonces puedes decir “que sea lo que Dios quiera”, pero solamente una vez que has hecho todo esto.
Para aquellos que creen que en la vida todo es cuestión de suerte, o que hay unos que nacen “con estrellas” y “otros estrellados”, pues vale la pena recordarles que muchos de los empresarios más exitosos en el mundo entero, se han recuperado de profundos desastres económicos, y que muchas personas de muy escasos recursos y provenientes de los entornos sociales más desfavorecidos han podido salir adelante gracias a su fe, sus creencias y una extraordinaria dosis de trabajo, dedicación y esfuerzo.
“A Dios rogando y con el mazo dando” dicen por allí :-D
Andrés me ha gustado mucho tu post. Yo creo que el tema de “la suerte” es un escudo que en muchas ocasiones nos ponemos ante el fracaso, es más fácil achacarle las culpas a la suerte nuestro fracaso que a nosotros mismos.
El comentario que me saca de mis casillas es: ” Hay que ser realistas, no podemos hacer nada, es lo que hay”
Pues sí, desgraciadamente es muy habitual en España (al menos) justificar lo que nos ocurre con el concepto de “la suerte”. No sé si es cultural pero es para que nos lo hagamos mirar. Está muy extendida (sé de lo que hablo, atiendo a muchas personas todas las semanas)la creencia de que todo (o casi todo) lo que nos ocurre tiene una explicación cuasidivina y que al fin y al cabo, da igual lo que hagamos con nuestro futuro pues este ya parece determinado.
Estos comentarios son hirientes. El que lo recibe, recibe una bofetada del entendido de turno que ha valorado tu esfuerzo, dedicación y constancia en pocos segundos.
En mi opinión son personas pobres (no económicamente) sino pobres porque no son capaces de aportar nada ni a ellos ni a los que les rodean. Prefieren justificarse (porque ellos quizás ni lo intentaron) y asi mantener sus conciencias tranquilas. “Sí te ha salido bien, pero es que has tenido suerte”. Para mí son “ladrones de energia o de espiritu o como quieras llamarlo” y cuanto mas lejos, mejor.
Saludos y enhorabuena por la entrada
Quien te haya dicho que “has tenido suerte” desconoce los años que llevas en esto, predicando en el desierto la “marca personal”. ;)
En fin… Llaman suerte al trabajo duro, durante muchos años, en un país en el que nadie regala nada a los emprendedores que no tienen nada que ver con el ladrillo.
“La suerte favorece a las mentes preparadas” Isaac Asimov
Joel, dicen que para los protestantes eso de trabajar duro para tener éxito es algo que debe ser fomentado. Sin embargo, aquí parece que es justo lo contrario. Es como si todo lo dejásemos en manos de Dios o, ahora, de algunas energías universales extrañas y mágicas.
Un abrazo
Gracias Lidia, creo que debemos de dejar de escuchar cantos de sirena y comentarios sin sentido y seguir nuestro camino… aunque reconozco que sigue doliendo.
Un abrazo
Sergio, el problema que tenemos los que pensamos lo contrario de los “suertudos” es que no podemos garantizar que haciendo las cosas bien consigamos lo que queremos. Lo que está claro es que sin hacer nada es dificil que ocurran cosas.
Un abrazo
Gracias David, no sabes lo que agradezco tu comentario porque estás ahí desde el principio. Tu sabes bien lo que implica todo esto de luchar por lo que crees. Ladran, luego cabalgamos.
Un abrazo enorme
Ruben, aunque no esté directamente relacionado con el post, me has recordado una versión de las Leyes de la Robótica aplicada a la empresa y a los profesionales que se me ocurrió hace ya algunos años.
1. Una empresa no puede causar daño a un ser humano ni, por omisión, permitir que un ser humano sufra daños. 2. Una empresa debe obedecer las órdenes dadas por los gestores, salvo cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
3. Una empresa ha de proteger su existencia, siempre que dicha protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Un abrazo
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